31 de marzo de 2011

Tips para escritores aficionados (IV) - ESCRIBIR: ¿AFICIÓN O PROYECTO DE FUTURO?

Demasiado tiempo sin una actualización, ¿verdad?

El caso es que no tengo una excusa firme sobre la que plantarme y decir: "Si, llevo un año sin escribir aquí porque...", porque tampoco es que fuera a ser muy creíble. Soy una persona de pasiones cambiantes, capaz de ensimismarme y sumergirme en una sola cosa durante tres semanas y de repente encontrar otra que me atrae muchísimo más y dejar la otra de lado. Cosa que no significa que la olvide, que conste.

El caso es que el otro día, leyendo el blog de una amiga (Lunatic Words), me di cuenta de que las motivaciones de cualquier escritor aficionado suelen ser las mismas a la hora de plantarse delante de un papel en blanco para escribir

Ella reflexionaba sobre sus recuerdos de infancia, de lo que la empujaba a crear historias y plasmarlas en papel. Y mi respuesta fue "si yo hubiera escrito algo así en mi blog, habría elegido más o menos las mismas palabras".

Porque, seamos sinceros, por un motivo o por otro, casi todos hemos pasado por lo mismo.

No recuerdo exactamente cuándo empecé a inventar historias para distraerme o para, directamente, no aburrirme. Mi infancia no fue la típica escena de una niña rodeada de chiquillos, correteando por un parque. Al ser más bien tímida e introvertida, prefería ser espectadora antes que protagonista. Sí recuerdo que el primer cuento lo escribí a los siete años, que lo protagonizaron mis mascotas (una Spaniel llamada Jay y un gato Siamés llamado Miau), y que mi padre lo pasó a ordenador para poder imprimirlo. Los cuatro folios de papel reciclado todavía están guardados en un cajón de mi escritorio en casa de mis padres, mezclados entre un montón de dibujos de colores brillantes.

Lo siguiente fue que mi padre me enseñara a manejarme con el ordenador con soltura. Creó una carpeta para mí en el disco duro y, a partir de ese momento, en cuanto acababa los deberes por la tarde, me dejaban una hora para que practicara frente al teclado. A pesar de todo, siempre encontraba un rato para escaquearme como fuera con una libreta y un lápiz para seguir escribiendo lo que se me ocurría. Así fueran las aventuras de un duende perdido en una ciudad o la historia de una niña que descubre el pasaje hacia mundos mágicos.

El punto clave en esa época fue el primer concurso de narrativa al que me presenté. Fue durante la etapa de la escuela primaria, con unos 10 años (si mal no recuerdo). La actividad, que se llevó a cabo durante la semana previa a las vacaciones de Navidad, fue casi más una actividad obligatoria que algo a lo que la gente se presentara voluntario. Mi cuento no era la gran maravilla, tan sólo un breve relato sobre unos niños en busca de la Navidad perdida porque los adultos ya no creen en ella. Y fue ese cuentecillo de apenas cuatro páginas el que me concedió la victoria en la sección de los "peques". Un diploma diseñado por la profe de Educación Artística y una bolsa de chuches. Llegar a casa y enseñarle a mi madre el premio fue lo mejor del día.

Pero claro, llega un momento en que los niños empiezan a darse cuenta de que el camino no es recto, y que pueden elegir entre un montón de bifurcaciones. Y lo mío siempre han sido los caminos retorcidos, los que te permiten ver más del mundo a pesar de que llegues un poco más tarde que los demás a la meta.

No volví a presentarme a ningún concurso hasta que estuve en Bachiller, a pesar de que mi carpeta de archivos en el ordenador de papá crecía y crecía. El motivo en aquel entonces fue una convocatoria de cartas de amor para San Valentín. Y el caso es que, con dieciséis añitos, yo no era la típica niña romanticona y sensiblera. Me gustaba el heavy metal, vestía todo lo negro que me permitían en casa y prefería leer 'Quo Vadis' o 'Lo que el viento se llevó' antes de engancharme a cualquier telenovela adolescente típica de aquellos días. Cuando le pedí al profesor de Lengua y Literatura la lista para apuntarme, me miró con cara de "¿Estás segura?". Y, cuando ellos seguramente estaban esperando de mi una cartita de declaración encubierta (como hicieron la mayoría de las chicas que se presentaron), lo que entregué yo fue toda una declaración de derechos. "Amor a la vida", era el título. Hablaba sobre lo poco que apreciamos lo que tenemos hasta que lo perdemos, de los sentimientos que guardamos en un rinconcito del corazón hasta que es demasiado tarde para decirlos en voz alta... y lo más curioso es que un año más tarde, ocurrían los atentados del 11-M en Madrid y el país se conmocionaba por el ataque más brutal conocido hasta la fecha.

Por cierto, gané la convocatoria y me dieron un cheque de 15€ para gastar en material escolar y otro diploma en papel papiro. Otra de las profesoras del departamento de Lengua me dio la opción de presentar mi carta a una convocatoria de narrativa de un periódico de tirada regional, y acepté. Según me dijeron, mi carta quedó a las puertas de la selección final de 10 para elegir las tres mejores. Y yo pensé: "No está mal. Ya sé que soy la mejor del instituto, y ahora sé que soy la #10 de la comarca." ¿Satisfecha? Muchísimo.

Después de aquello no volví a presentarme a ningún concurso más. Tenía 17 años y todo un curso por delante para concentrarme en las pruebas de Selectividad para acceder a la Universidad al año siguiente. ¿Conclusión? Escribir sería a partir de entonces un modo de liberar tensiones y sacar mis demonios interiores para estamparlos y aplastarlos contra un folio.

Entonces llegó la segunda encrucijada. Yo lo sabía. Mis profesores lo sabían. Mis padres lo sabían. Tenía un don para las Letras. No es por dármelas de importante, pero hablaba con soltura dos idiomas (inglés gracias al colegio y francés gracias a mi padre), tenía una gran capacidad de retención de datos y fechas, facilidad a la hora de redactar lo que fuera, mucho vocabulario y buena gramática... Pero yo quería ser veterinaria. Hacía mucho que había decidido que escribir sería una afición, no una profesión, y quería sacar adelante una carrera que me permitiera vivir rodeada de animales. No en vano he crecido siempre con un mínimo de tres perros en casa y he sido la asistente de mi padre cuando uno de los perros de la jauría de caza venía herido.

Durante el último año de instituto me esforcé todo lo que pude por alcanzar mi meta. Dejé de lado lo que podía distraerme, redoblé el empeño en superar el listón que los profesores habían puesto como mínimo aceptable, preparé un "plan B" por si las cosas se torcían... Pero acabé en Septiembre con un punto menos de lo que necesitaba, sin posibilidad de reclamar una corrección para subir nota y más estresada que nunca porque tenía demasiadas ideas en la cabeza.

A partir de ese momento, me concentré en el plan B: Filología. Sabía que una vez terminado el primer ciclo (tres años) podría acceder a cualquier otra licenciatura de letras que me interesara (Traducción e Interpretación, Periodismo...). Pero la filología me absorbió de tal manera que supe que no podría cambiarla por nada más. Recuperé la pasión por escribir a todas horas, comprendiendo que no tenía por qué dar de lado mi vía de escape tan solo por concentrarme en el camino principal.

Y, mira tú por dónde, resulta que creo que los últimos seis años han sido los menos problemáticos en cuanto a dar rienda suelta a mis musas.

Conseguí encontrar un estilo cómodo (que va desde el drama puro a la comedia simplona), un esquema fiable para plasmar mis ideas (sin presiones, siéntate y espera a que lleguen las palabras), un método sencillo (escribe cómo, cuándo y dónde te apetezca... que en el bolso llevas una libreta y un bolígrafo) y un horizonte abierto ante mí. Desde entonces ha sido todo como una montaña rusa, con subidas lentas y perezosas, picos de inspiración extrema, descensos vertiginosos en los que parece que voy a prender fuego al papel antes de ver terminada la historia por falta de ideas... y mesetas tan tranquilas como una balsa de aceite. Puede que a veces me estrese por quedarme en blanco durante tanto tiempo, pero he aprendido que conmigo las cosas no son fáciles: aunque tarde tres meses en sentarme con ánimo de escribir, sé que luego podré soltar más fácilmente las riendas para escribir algo que no sienta deseos de destrozar por frustración.

Lo que me ha quedado siempre claro es que, sin importar en qué situación personal me encontrara, o cómo de retorcidas fueran mis ideas... escribir suponía abrir la válvula que mantenía todo a presión dentro de mi cabeza. Han llegado a decirme que a veces me encierro en mi propia burbuja y que no salgo más que para decir que sigo viva, pero no me importa demasiado. No soy alguien que necesite mantener contacto físico con la gente para sentirme acompañada. ¿Independiente? ¿Solitaria? ¿Antisocial? Como se llame, yo necesito mi espacio y de vez en cuando aprecio que me dejen aislarme hasta que recupero el norte yo solita.

Por eso escribir es tan importante para mí. Porque sé que no soy una persona fácil de tratar, y necesito sacar fuera cosas que sé que podrían provocar el caos a mi alrededor. Dejo simplemente aquello con lo que me siento más tranquila y en paz conmigo misma y vuelvo a abrir la puerta al mundo. Porque, seamos sinceros: todos tenemos un lado que nadie conoce. Un lado que sabemos que asustaría a alguien, o les mataría de risa, o les haría mirarnos con una ceja enarcada en plan "Pues vale...".

Ese lado de mi vida, sencillamente... está sobre papel.

~Nela

NOTA: post mencionado en el blog Lunatic Words, AQUÍ

3 comentarios:

Rosa Luna dijo...

Como siempre, eres una caja de sorpresas, Tata. Y con eso, no intento decir que estés cuadrada :P

¿Ves? Ya tienes más títulos que una servidora... ¡Y los escondes, que es lo más triste!

Y no te preocupes... como decía Ernest Hemingway, "el escribir es, en los mejores momentos, una vida solitaria".

Suerte a veces no nos falta una compañía en la distancia que recuerda que tenemos que encender una luz ;)

Herminia Peña dijo...

Buenisimas tus letras...tienen algo que aunque que quieres no puedes dejar de leerlas hasta que termines..

Herminia Peña dijo...

Felicidades eres excelente. .. tus letras tienen miel que aunque quieres dejar de leerlas no puedes. .